Me pegaste con el beso que nunca me diste…Me mataste con el te amo que jamás salió de tus labios. Te escribo para olvidarte, pero solo consigo recordar tu nombre. Y con tu nombre viene a mi mente tu rostro. Ese rostro que se dibuja en las noches, en mis sueños, en mis pesadillas. Me voy aunque siga estando aquí, a tu lado; porque mi corazón ya se ha ido de mí como el hálito volátil que se desprende de un cuerpo sin vida. Y mi vida se va poco a poco, como en un torbellino se pierden las cenizas.
Te digo adiós, aunque sean las letras más difíciles de articular de mi frágil existencia. Porque soy frágil cuando estoy contigo y aún más frágil me vuelvo sin ti. He estado a merced tuya por tanto tiempo, tiempo que he perdido, tiempo que pasa como la cruel sentencia del jamás se llegará a perpetuar. Pero finalmente el arranque de valentía ha llegado, y el leve empeño se ha preparado para la batalla final. La batalla final es encontrarme con tus ojos, encontrarte ahí de frente, como siempre, acompañado de las voces silenciosas de tu alma. Tú como siempre con ese silencio que penetra hasta los huesos. Tu silencio que si fuera al fin palabra, llegaría a ser la piedra angular de ese rompecabezas en que se convirtió mi corazón.
Ya no existen ni la claridad ni el sosiego, ni las noches de calma y de descanso. Ahora todo es tempestad. Lluvia de lágrimas saladas y amargas que inundan mi ser en un caudal de ilusiones que se esfuman. El leve empeño se ha hecho cada vez más fuerte, y creo que ya no hay marcha atrás. Solo creo, mas no aseguro, porque cuando se trata de ti hasta el peor de los corajes se transforma en la más profunda de las miradas. Esas que van cargadas de sinceridad, de perdón, de amor… ¡Ay amor! Ay de mí que vivo entre sombras, y tú tan lúcido. Ay de mí que siento este amor hasta los tuétanos, y tú tan indiferente. ¿Qué será de mí por ti, mi cruel destino? ¿Qué será de mí por ti, mi fatal condena?
Por: Giselle Machado Vásquez.
Por: Giselle Machado Vásquez.
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