
Hoy más que nunca necesitaba escribir. Necesitaba desnudar cada fibra del alma por medio de esta terapia que para mí nunca falla. Con esta mezcla absurda e incluso tenebrosa de emociones que pelean entre sí, lo único que me queda por hacer es dejarme llevar. Nunca lucho contra la pluma y el papel, nunca intento separarlos, más en este tipo de circunstancia donde más se funden para hacer magia, para liberar un espíritu agobiado. ¿Agobiado por qué? La verdad hoy es día de reserva en cuanto a los motivos. Hoy solo es día de desahogo, de pensamientos hechos letras.
A veces siento que hace falta el valor, pero del golpe más certero es que sale el coraje que creíamos nunca poder hallar. Dentro de mí hubo una transformación. Las lágrimas se convirtieron en fuego que hizo explotar las más acalladas inquietudes de mi ser. Como cavando en busca de algo que se había enterrado para soportar, salieron todas esas cosas que había guardado por tanto tiempo. Nunca es bueno...¡Jamás!. He aprendido esta lección, junto con muchas otras que quizá me había negado a tomar porque causaban un dolor enorme. Pero como el Ave Fénix renace de sus cenizas, a veces es necesario morir acribillado para así volver a vivir, mejor, con más fuerza, más lúcido...
Se pueden guardar en el pecho las cicatrices, lo cual no está mal, porque cada vez que uno las mira recuerda eso que las causo y no vuelve a ir al encuentro de auquella lanza de frente y sin protección alguna. Se morir la primera vez, con el más duro golpe, para que no haya segundo y mucho menos tercero. Había agarrado el cielo a dos manos, y ese es el que más fácil se nos escapa. Después de todo la tierra es más sólida, más "fácil de retener". Y si, ¡he muerto! Pero con la seguridad que mañana renazco con el coraje que no tuve en mi vida anterior. Vivo y tomo las riendas, la decisión de parar, de decir: ¡¡¡No más!!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario