
El día fue agotando sus horas, y con él las hojas del árbol se fueron cayendo hasta dejarlo desnudo e indefenso. El roble se impregnó de frío. Desprotegido y sin resguardo, fue envejeciendo de manera prematura.
En las noches, lloraba en ausencia de las hojas movidas por el viento. En el día, fingía ser el más frondoso, y se disfrazaba con rayos de sol para esconder las cenizas de soledad que habían cubierto hasta el último de sus tallos.
Mientras tanto, el viento cantaba un lamento al ver a aquel hermoso árbol morir poco a poco. La agonía del roble que ya resignado a morir, llamaba entre sueños la terminación del hálito de vida, fue mayor a cualquier mal.
Susurraba una melodía conocida que dice:..." no hay peor agonía que la que es de paso en paso"... Y así transcurrían noches interminables, donde ni una hoja seca era atraída por el ventarron, a ver aunque fuera con lastima al que fue el más grande y fuerte del bosque.
Un buen día la tormenta más feroz visitó el lugar. El roble no puso resistencia al fatal destino. Y digo buen día, porque finalmente se acabo su agonía. Finalmente el golpe certero acabó con sus días; y así el frío, la interperie, y las cenizas que se habían anidado en él, no acabaron con su vida poco a poco.
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